El hijo

Si hay algo que se puede amar con total entrega y generosidad es a los hijos, yo lo creo así y así lo siento con mi hijo. Sin embargo, ves con decepción como se aleja de cualquiera de tus inquietudes, que no puedes influir en él para nada que pueda ser provechoso en su futuro. Luchas para proveerle de todo, para que tenga libertad de elegir, pero en realidad deseas que haga lo que tu quieres, que se resguarde de todos los peligros y que además puedas sentirte orgulloso de él.
Le quieres y no puedes separarte de él, sobre todo mentalmente. Vives a través de él tus viejos temores, tus debilidades, tus sueños inacabados, tus angustias de adolescente.
Quisieras acompañarle en todos los momentos, ser su consejero personal, su mano derecha y su mano izquierda. Hacer mejor su juventud, mejor de lo que tú mismo has sido.
Es una batalla inacabada de la que no te puedes separar, una obsesión de la que no te puedes librar. Una decepción permanente y una permanente promesa. Una herida abierta y unos ojos cristalinos que me miran interrogantes para decirme, lo siento, pero no quiero hacer eso…

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