Las velas al viento

Hoy he vuelto a pasear por el muelle de Briton, los barcos cargados de mercancías, dejan sobre los adoquines fardos de algodón, harina, azúcar o cueros. Más adelante casi al final, en el último amarre se yergue orgulloso el velero más ballenero de toda la costa, el Stormbridge. Su aire marinero, su crujir suave, el aleteo de sus velas, el balanceo de su cubierta, todo habla de héroes, de lucha y de victoria. Siento mi corazón latir con más fuerza cuando estoy junto a él, invitándome, insinuándome aventuras, una dirección y un sentido a mi vida.

Mi vida es monótona, me he acostumbrado a aceptar las bondades de mi esposa, mis hijas, en otro tiempo tan lejanas, me miman y ríen cuando llego a casa para tomar una sabrosa sopa.

Pero mi pierna, atada a un palo, percibe aún los dedos de mi pie desaparecido, anhela correr a la proa para agarrar el arpón que definirá mi destino según el tamaño del monstruo que recibirá mi ira. Mi alma marinera vuela entre el trinquete y el timón, entre el cabestrante y los mástiles, entre la quilla y el puesto de vigía. Mi boca, que con cada trago de sopa busca incansable el sabor del salitre o el olor de sebo. Mis manos duras como el cuero curtido sostienen la irreconocible delicadeza de una cuchara de plata.

¿Dónde está mi arpón, mi viento, mi tormenta? ¿Dónde mi San Telmo, mis fantasmas? ¿Dónde mi bravura, mi miedo?.

¡¡¡¡CONTRAMAESTRE!!!! PREPÁRESE PARA ZARPAR,

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