Viento del nordeste

Pese a que la tormenta no arreciaba y el barco era bapuleado de un lado a otro, al capitán Ahab le sacudía en el catre otra tormenta más agitada.
En medio de lo que parecía una pesadilla, su rostro sudoroso giraba de un lado a otro como si estuviera sometido a tortura. Los dientes apretados, la boca arrugada por un dolor indescriptible se combinaba con agitados movimientos de su pierna amputada. Su cuerpo, empapado en sudor dejaba ver el dibujo de sus costillas acompañadas de mil cicatrices mal curadas.
Se podía adivinar el sufrimiento. En su sueño, veía como miles de cuerdas, atadas a sus manos tiraban de su cuerpo en sentidos opuestos. Una tormenta negruzca golpeaba rayos y truenos a su espalda en medio de un paisaje tétrico. El mar estaba lejos y sus dos piernas estaban atrapadas por una extraña fuerza que las sujetaba al suelo. En frente, espíritus de cándidas niñas con rostros hermosos se convertían en la viva imagen de la muerte adivinándose en aquellas miradas vacías un terrible destino.
La ballena blanca, al fondo del paisaje onírico, salía y entraba en el mar como si ella misma fuera la que agitara la superficie del océano y una gillotina, afilada, perpendicular a su mirada clamando compasión al cielo, se movía imprecisa, tambaleante, casi indiferente al riesgo de que la presilla oxidada que la sujetaba se soltara ante tanta turbulencia.
La gillotina cayó y junto al deslizar chirriante de la hoja metálica que caía hacia los ojos del capitán Ahab como un destino inevitable, rotundo, como una fuerza de la naturaleza, como una fatalidad incontrolable, el capitán Ahab despertó.
Con un movimiento convulso, agarrado a los bordes del camastro abrió los ojos. En su respiración agitada podía adivinarse pánico a la vez que el viento de Nordeste soplaba con rabia el velamen del Stormbridge.
Cuando subió al Puente el agua salada que salpicaba su cara y el griterío del contramaestre dando cuenta del estado del barco soplaba en sus oidos como una canción serena. La realidad hacía sucumbir a la pesadilla. Para el espíritu de quien dirige su barco, la verdad, por dura que parezca es más aceptable que la falsedad de los sueños.
-Aparta- dijo el capitán Ahab al timonel. Agarró firmemente las aristas del timón mientras el mar se abría para dejar pasar la proa del ballenero, no sin amenazar con vengarse en el siguiente oleaje.

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