El Conflicto entre el Hombre y la Naturaleza.

La crisis de la naturaleza es, por tanto, una crisis de la naturaleza humana también. El concepto de conflicto, que sólo tiene sentido para el hombre, en cuanto naturaleza moral, que auto proyecta pautas de comportamiento, valores y juicios, constituye el principal criterio desde donde iniciar una reflexión acerca del comportamiento de la naturaleza.
Vistos como dos objetos en interacción, el hombre y la naturaleza ponen sobre la mesa la cuestión del significado de la racionalidad humana, pues ésta, existente para el hombre, es ciega para las otras formas de la naturaleza, a menos que se la atribuyamos. ¿Qué sentido tiene la razón?, ¿Estamos determinados por nuestra naturaleza, en todos los sentidos?, ¿Qué busca la razón, que la naturaleza no provea?
El sentido de la razón lo podemos intuir desde el momento que la lucha por la supervivencia está asociada a un ejercicio de la racionalidad instrumental. Desde ese punto la razón se auto justifica en los resultados prácticos, pero cuando los resultados prácticos amenazan la supervivencia, entonces estamos ante un fracaso estratégico, una elección de procedimiento inadecuado, y, por tanto, desde este otro punto la razón se auto descalifica. Así pues, debemos pensar que, dado que este proceso de validez y fiabilidad de la razón ha acompañado al hombre desde tiempos inmemoriales, debemos conocer no sólo la construcción social de nuestra naturaleza, los mitos que hemos construido, los tabúes, las decisiones morales y éticas aplicadas a la naturaleza externa y las aplicadas a la interna, sino también las modificaciones psicológicas, éticas, estéticas y filosóficas en cuanto expresión de la naturaleza interna. Horkheimer nos plantea algunas preguntas claves en la «Crítica de la Razón Instrumental». (Horkheimer, Max: 1973, op.cit., pág. 119)
“¿Cómo reacciona la naturaleza, en todas las fases de su represión, dentro del hombre y fuera de él, frente a este antagonismo?». Se refiere al antagonismo entre el hombre y la explotación total de la naturaleza, «¿En qué consisten las manifestaciones psicológicas, políticas y filosóficas de su rebelión?
Buscamos en esta investigación, que no puede acabar en una mera aproximación, si en esos mitos, esas pautas morales, en definitiva, si en algún punto del camino andado podemos encontrar el punto de inflexión a partir del cual corregir las desviaciones que nos han llevado a ser enemigos de nosotros mismos y del resto de la naturaleza “¿Es posible solucionar el conflicto mediante una «vuelta a la naturaleza», mediante una reanimación de viejas doctrinas o la creación de nuevos mitos?” Horkheimer entiende el conflicto entre hombre y naturaleza como prolongación de los conflictos humanos, es decir, la relación que entablamos con la naturaleza proyecta la relación que establecemos en la sociedad.
El término proyección es aquí utilizado desde la explicación de la psicología social. En el más genuino uso de la proyección freudiana, incluida su vertiente derivada, es decir, tanto la que permite explicar la proyección del conflicto interno hacia el conflicto externo, la que realizamos cuando no queremos afrontar nuestros defectos o nuestros impulsos destructivos y atribuimos a un ser externo tales vicios o defectos, como la que explica el desplazamiento de energía desde una relación tensa hacia un vertido de violencia en otras relaciones, como cuando nuestros deseos o voluntad son reprimidos hasta límites insoportables y el poder de nuestro superego consigue reprimir la reacción violenta que dichas situaciones provocaban, volcando sobre los amigos, en nuestra conducta social, el tráfico, el fútbol, ese quantum de violencia que no fluyó en la situación originaria.
Así como proyectamos los conflictos internos de la individualidad sobre la sociedad, así también proyectamos nuestros conflictos sociales sobre la naturaleza, y eso es así porque el vínculo social se establece sobre la base de una relación de supervivencia física. El ser o no ser del hombre, es el ser o no ser material del hombre, cualquier otra forma de ser responde a una explicación metafísica o religiosa de la propia naturaleza humana, lo que no deja de ser una manera huidiza de no afrontar los conflictos internos del hombre. Esa misma proyección la podemos ejemplificar en la energía que impulsa las naciones a usurpar el territorio de otras naciones o modos de vida, a la conquista, desviando así sus tensiones internas y canalizando la violencia de dichos conflictos, conquistando y creando nuevos espacios donde construir sus utopías, ensoñaciones de represiones internas no resueltas. Una solución “pionera” para el destino del hombre.
Hasta ahora, la relación del hombre con la naturaleza era una relación mediada por la alienación, en la medida en que la naturaleza constituía la otra naturaleza, es decir, la naturaleza salvaje, las otras formas de la naturaleza. Nuestra relación tecnológica con la naturaleza lo era mediante los procesos instrumentales que permitían, más fácilmente, nuestra digestión y nuestro metabolismo. Pero hemos modificado dicha relación. En el plano económico hemos llegado al punto donde la naturaleza no es la libre aportación del “Don” natural, no es el maná que nos envía Dios. Hoy la naturaleza, al igual que toda nuestra civilización, camina por el sendero de la tecnología y se ha convertido en pura creación humana. Pero no se reduce a una mera relación tecnológica, también estamos ante una modificación de los valores dominantes, pues éstos deben reequilibrar el papel de la conciencia de realidad. Es decir, no se trata sólo de que el sistema capitalista provee de un progreso indefinido a la humanidad, sino de convencernos de la unidimensionalidad del sistema para sobrevivir ante la escasez de recursos. Prepararnos para organizar la sociedad ante la inminente fuente de conflictos que el acaparamiento de recursos representa supone la primera labor ideológica del sistema. En ese sentido y en esa medida, a la que las tendencias apuntan unánimemente, nuestra relación con la naturaleza es, en realidad una relación entre nosotros mismos y, por tanto, se convierte de un problema filosófico, en cuanto extrañamiento del sujeto y su conciencia. La ética científica constituye un elemento más en el propio proceso del conocimiento y por tanto en la formación de la conciencia social. Pero también la división social del trabajo, la super especialización, y los valores culturales hedonistas, han llevado a un mayor extrañamiento del individuo respecto a algún tipo de concepción del mundo. Pero también un problema político de primer orden, en cuanto jerarquía de poder sobre la naturaleza, y detrás de todo ello el debate sobre estatalización-privatización, legitimidad de las instituciones, virtualización del concepto de soberanía, y sus efectos sobre la naturaleza humana. Es decir, relación del hombre consigo mismo, y por tanto el equilibrio y desequilibrio de su comportamiento cultural.

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