Cuando se manifiesta una ruptura temporal en la interrelación de los significantes, es decir de los conceptos empleados en la expresión, o lo que es igual, la ruptura del sentido y dirección de una expresión lingüística, estamos ante una disfunción lingüística, la expresión pierde sentido. Así como ocurre con el lenguaje, también podemos extenderlo a los otros lenguajes o expresiones de la conciencia, como el arte, o la creación humana en general. En definitiva, al propio comportamiento cultural del hombre. El comportamiento cultura afectado por esa pérdida de continuidad temporal que representa la relación causa efecto, en términos de Hume y Aristóteles, un antes como causa y un después, como efecto, se asemeja al mismo proceso de disfunción esquizofrénica en la mente del hombre.
Incapaz de hilvanar la lógica temporal de su realidad, vive el pasado y el futuro como un presente eterno. De ese modo, podemos decir que la identidad es una construcción temporal, una síntesis de referencia entre el pasado y el futuro. Pero los procesos de reificación de la conciencia, mediante el positivismo lógico, que practica el aislamiento temporal de los fenómenos que estudia y que reduce a pura experiencia presente, corroboran esa tendencia esquizofrénica cultural. Presentadas como productividad cultural, los significantes varían en múltiples direcciones, la falta de auto reflexividad la convierte en compulsión que apela al instinto como lo auténtico y abandona la búsqueda racional del sentido. Como nos describe Jameson, Frederic, (Jameson Frederic: La Teoría de la posmodernidad, -las contradicciones culturales del capitalismo tardío-, 1996)
“significante. Lo que solemos llamar «lo significado» el significado o contenido conceptual de un enunciado- debe considerarse más bien un efecto de significado, ese espejismo objetivo de la significación que la interrelación de los significantes genera y proyecta. Cuando la relación se resquebraja, cuando saltan los eslabones de la cadena significante, nos encontramos con la esquizofrenia, un amasijo de significantes diferentes y sin relación. La conexión entre este tipo de disfunción lingüística y la psique del esquizofrénico se puede comprender entonces con una tesis doble: primero, que la identidad personal es efecto de una cierta unificación temporal del pasado y el futuro con nuestro presente; y, segundo, que la propia unificación temporal activa es una función del lenguaje – o, mejor aún, de la oración- en su recorrido temporal por su círculo hermenéutico. Somos tan incapaces de unificar el pasado, el presente y el futuro de la oración como el pasado, el presente y el futuro de nuestra experiencia biográfica o vida psíquica. Así pues, con la ruptura de la cadena significante el esquizofrénico, queda reducido a una experiencia de puros significantes materiales o, en otras palabras, a una serie de presentes puros y sin conexión en el tiempo.”
El propio proceso civilizatorio distingue entre la cultura como respuesta eficiente de dicho proceso y los impulsos no canalizados que devienen en violencia o manifestaciones neuróticas. En cuanta manifestación de la conciencia social, el comportamiento cultural del hombre es reflejo de las condiciones sociales que presionan a los individuos y del grado de expresión que el individuo tiene de su propia naturaleza. En esa medida cuando las redes de relaciones entre las que se produce el proceso de socialización contienen una represión, mediante el miedo, de los deseos y afectos, entonces sólo encuentra salida mediante acciones compulsivas o alguna otra patología nerviosa. (Norbert, Elias. El proceso de la civilización, 1989)
“Pero según sea la presión interna y la situación de la sociedad y del individuo en ella, también producen tensiones y perturbaciones determinadas en el comportamiento y en la vida instintiva individual. En ciertas condiciones pueden conducir a una intranquilidad e insatisfacción continuas del individuo precisamente porque una parte de sus inclinaciones e impulsos sólo encuentra satisfacción de una forma insólita, por ejemplo, en la fantasía, en la contemplación o en la audición, en el sueño o en el ensueño. A veces, la costumbre en la contención de las emociones llega tan lejos -los sentimientos permanentes de aburrimiento o de soledad son buena muestra de ello-, que el individuo ya no tiene posibilidad de manifestar sin temor sus afectos reprimidos, de satisfacer directamente sus instintos sofocados. En estos casos se anestesia a los impulsos concretos por medio de una estructura específica de la red de relaciones en la que crece el individuo desde niño, bajo la presión de los peligros que su manifestación acarrea en los ámbitos infantiles, aquellos impulsos concretos se acorazan de tal modo con miedos de carácter automático que, en ciertas condiciones, pasan toda la vida sordos y mudos. En otros casos, el carácter tosco, afectivo y pasional de estos impulsos concretos ocasiona conflictos inevitables a los niños en el curso de su modelación para convertirse en seres «civilizados», de tal forma que sus energías sólo encuentran salida por vías laterales a través de acciones compulsivas y de otras manifestaciones neuróticas.”

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