La razón instrumental permite proyectar los conflictos internos, los conflictos de las desigualdades y las diferencias de la sociedad postergando su solución a una «llave» que, fuera de la sociedad, nuble o confunda la conciencia misma aplazando el conocimiento de la verdad, sustituida ésta última, por el conocimiento y la manipulación del entorno. Así una sociedad hedonista logra dar apariencia de felicidad, de equilibrio social. Y los fantasmas, ocultos tras los conflictos sociales no resueltos emplazan a futuras guerras, revoluciones y violencias en aras de Dios, la nación o la raza, de no se sabe que ente histórico. Dirá Horkheimer (Horkheimer, Max, 1973, op.cit., pág.121)
Fase de socialización.
Es en la fase de socialización, de la infancia a la juventud, cuando la experiencia del conocimiento cultural se comparte con la experiencia del crecimiento. Un proceso donde el despertar a la conciencia del yo y de la formación de la personalidad, donde la construcción de la identidad subjetiva se forma o se conforma con la identidad objetiva, afrontamos el conflicto entre lo que la naturaleza nos muestra y lo que la sociedad nos dice. Una contradicción que interioriza las normas y conductas sociales, el orden social establecido. La estabilidad peculiar del aparato de auto coacción psíquica, que aparece como un rasgo decisivo en el hábito de todo individuo «civilizado», se encuentra en íntima relación con la constitución de institutos de monopolio de la violencia física y con la estabilidad creciente de los órganos sociales centrales. La propia familia constituye la introducción en el mundo de las jerarquías, los privilegios y los conflictos sociales.
Esa contradicción provoca una violencia, la violencia que añadimos a nuestra lucha por una posición social, la violencia que cargamos sobre el extraño, sobre los diferentes, sobre los que protestan o sobre los que nos estorban. Así como el miedo a la oscuridad no es producto de la obscuridad en sí, la obscuridad no da, no infunde ningún miedo, son nuestros procesos mentales internos los que construyen fobias, una reacción escondida quizá en la “conducta genética”, que recuerda el miedo a la obscuridad de un primitivo simio que se sabe frágil ante la ausencia de luz y los peligros de la naturaleza asociados. Ese miedo atávico que pretendemos resolver expandiendo hacia nuestro entorno, buscando la llave de la luz, un miedo no resuelto, aplazado, una angustia anestesiada mientras la luz brille. Esa cultura del simulacro, esa luz con cuya filmografía se construyen apariencias de realidad, es la respuesta cultural de nuestro tiempo. Cada producto, creado para satisfacer necesidades concretas, pierde todo significado pues se convierte en reificación del deseo, el deseo que, alienado de su relación con la realidad, responde a un mundo en clave inconsciente, de resortes atávicos, primitivos, estimulando el comportamiento compulsivo y condicionando nuestra conducta a través del hábito del consumo. (Jameson, Frederic,op. cit., pág. 39), nos dirá que:
“La cultura del simulacro nace en una sociedad donde el valor de cambio se ha generalizado hasta el punto de que desaparece el recuerdo del valor de uso, una sociedad donde, como ha observado Guy Debord en una frase extraordinaria, «la imagen se ha convertido en la forma final de la reificación de la mercancía» (la sociedad del espectáculo).”
Por tanto, no podemos desconocer los principios internos de la conducta humana, donde la irracionalidad cumple su papel en el equilibrio sistémico de la conducta. Parafraseando el esquema freudiano. El yo, sigue el principio de realidad y lo hace sintetizando, sus impulsos, deseos y necesidades básicas, a la par que diseña un plan para probar si los puede llevar a la práctica, en un contexto estructurado por la convivencia con los demás.
¿Del mismo modo que hablamos de identidad personal, del individuo en su interrelación social, podemos hablar de la identidad nacional? Hasta dónde, en qué medida. Cuáles son los paralelismos admisibles.
Podemos establecer el paralelismo entre el comportamiento de los individuos y el comportamiento de las naciones, siguiendo la trayectoria marcada por dos clásicos de la filosofía político-social. Hobbes y Montesquieu.
Hobbes, en su Leviatán, nos enseña el fundamento del Estado en el mismo origen de la naturaleza humana. El hombre como lobo para el hombre, justifica la cesión de autoridad a una fuerza, superior a todos y capaz de reestablecer la paz entre los intereses egoístas de los hombres. La ley del Estado es el monopolio de la violencia. Sin embargo, cuando Montesquieu, en su Gobierno Civil, nos propone un equilibrio de poderes basado en el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder de los asuntos exteriores, nos está hablando de autorregulación del poder. Este ejercicio de autocontrol proviene de la sospecha existente sobre la moral del Estado, el cual, tiende a desarrollar comportamientos autónomos respecto del pueblo que los sustenta. La autorregulación corrige o debe acotar y limitar cada uno de esos poderes mediante la mutua supervisión. La diferencia entre una u otra visión del poder del Estado, radica en que Montesquieu apunta hacia un poder democrático y Hobbes a un poder absolutista ya que la línea hobbesiana considera la actuación del Estado como consecuencia de la cesión de voluntad al soberano, mientras la montesquieana, se fundamenta en la necesidad auto reflexiva del poder como condición de un poder racional.
Ya Kant nos introdujo en la moral universal, válida para individuos y para naciones. Estamos acostumbrados a oír hablar del actor principal en las relaciones internacionales, refiriéndonos al Estado. Atribuimos al Estado personalidad suprema y sostenemos una tensión entre el código legal y el ejercicio del poder, para equilibrar la propia identidad del Estado, la cual se dirime entre el papel de los individuos, en cuanto deseos no colectivos, (el inconsciente social), la normatividad legal, (el superego social) y el principio de realidad que ejerce el poder en sus múltiples formas y regímenes.
En ese sentido podemos decir, de todas las naciones jóvenes, sufren los mismos procesos de desarrollo que el hombre en su individualidad, un desarrollo ontogenético y filogenético. Así pues, hoy en día hablamos del Estado como protagonista, ejerciendo sus relaciones internacionales sobre la base primitiva de la supervivencia y la seguridad, cualidades estas, propias de los individuos aislados. La Justicia, el Derecho, el carácter de sus instituciones y en definitiva la racionalidad de su sistema, es producto de su propia experiencia y del orden social existente. Por tanto, las contradicciones sociales se interiorizan, emplazando a un sistema penal que aparte a los individuos cuyo comportamiento no ha respetado dicho orden. La penalización de las conductas antisociales es custodiada por cuerpos profesionales de policía, como también lo son las calles, los aeropuertos y las urbanizaciones privadas. Quizá porque nuestra conducta contra civilizatoria deba ser reprimida generando “llaves”, “interruptores” con los que regular los miedos y así emplazar a momentos futuros la paz social o la armonía de los hombres, tildándola de ingenuidad. Dirá Horkheimer (Horkheimer, Max: op.cit., 1973, pág. 124) “El progreso cultural en su totalidad, así como también la educación individual -vale decir, los procesos filogenéticos y ontogenéticos de la civilización-, consisten, en gran medida, en el hecho de transformar comportamientos miméticos en comportamientos racionales-.» Y estos comportamientos se integran incluso más allá de que existan las condiciones iniciales de su existencia, incorporándose a su herencia cultural. «Adaptarse significa llegar a identificarse – en aras de la auto conservación- con el mundo de los objetos.» (…) «…constituye un principio universal de civilización». Así pues, la estabilidad interna del sistema en el proceso adaptativo, su auto conservación, lo realiza mediante la interiorización, es decir mediante la racionalización de su conducta, comportamientos que la mímesis expande en las relaciones sociales, su producción cultural y su producción ideológica, todos los procesos de manipulación de la conciencia, tienen como fin reducir los efectos de las contradicciones sociales, amortiguar, normalizar, regularizar las respuestas de las conciencias, para tratar los conflictos del mismo modo que se tratan las enfermedades sin solución, reduciendo sus efectos al precio de renunciar a conocer la enfermedad y liquidarla, al precio de cronificar los conflictos.
«Lo que sobre todo tortura al hombre joven es su conciencia turbia y confusa del nexo estrecho, casi de la identidad, entre razón, yo, dominio y naturaleza. Siente el abismo entre los ideales que se le inculcaron junto con las esperanzas que despiertan en él, y el principio de realidad al que se ve obligado a someterse.»
Ese proceso que proyecta hacia el exterior los conflictos internos deviene en la lógica positivista como un hecho de la naturaleza, es decir, como un dato objetivo, y no como un conflicto vinculado a su proceso de desarrollo interno de contradicción, (desde Hegel, a todo acontecer de la existencia).



