La crítica de Habermas a Marcuse, respecto del circulo vicioso en el planteamiento marcusiano, crítico con el sistema capitalista: (Habermas, Ciencia y técnica como “ideología”, 1986, pág.62)
“Si se tiene, pues, presente que la evolución de la técnica obedece a una lógica que responde a la estructura de la acción racional con respecto a fines controlada por el éxito lo que quiere decir; que responde a la estructura del trabajo, entonces no se ve cómo podríamos renunciar a la técnica, es decir, a nuestra técnica, sustituyéndola por una cualitativamente distinta, mientras no cambie la organización de la naturaleza humana y mientras hayamos de mantener nuestra vida por medio del trabajo social y valiéndonos de los medios que sustituyen al trabajo. En lo que Marcuse está pensando es en una actitud alternativa frente a la naturaleza, pero de ahí no cabe deducir la idea de una nueva técnica. En lugar de tratar a la naturaleza como objeto de una disposición posible, se la podría considerar como el interlocutor en una posible interacción, en vez de a la naturaleza explotada cabe buscar a la naturaleza fraternal. A nivel de una intersubjetividad todavía imperfecta podemos suponer subjetividad a los animales, a las plantas e incluso a las piedras, y comunicar con la naturaleza, en lugar de limitarnos a trabajarla cortando la comunicación. Y un particular atractivo, para decir lo menos que puede decirse, es el que conserva la idea de que la subjetividad de la naturaleza, todavía encadenada, no podrá ser liberada hasta que la comunicación de los hombres entre sí no se vea libre de dominio.”
En esta crítica, Habermas hace hincapié en que, mientras dependamos del trabajo para relacionarnos entre si y con la naturaleza, la propuesta de una técnica de la no-dominación deviene contradictoria, y por tanto cae en un circulo vicioso del que no puede salir. Es decir: -Si la técnica se produce en las relaciones sociales de producción concretas, solo podremos cambiar la mentalidad que dirige esa tecnología, cambiar su rumbo destructivo del hombre y la naturaleza, se impone una nueva mentalidad-, a lo que Habermas, contesta: -Una nueva mentalidad no supone una nueva técnica, que simplemente no ejerza su dominio-. Cierre de la circularidad. Lo sorprendente es el plano donde sitúa Habermas el punto de inflexión, su respuesta alternativa. Para Habermas, la interacción con la naturaleza está mediada por la subjetividad, que el hombre cree privativa y no extensible a la naturaleza.
Por tanto, esa relación debe poder corregirse mediante la concesión de subjetividad a la naturaleza. Dicha concesión, que parte del hombre hacia la naturaleza, tiene algunos ejemplos prácticos en el discurso ecologista, de la mano de los movimientos pro-derechos de los animales, los bosques, las plantas. Estaríamos, por tanto, ante una sobrevaloración del lenguaje como comunicación, es decir como acción comunicativa, en cuanto eje de la interacción social y natural.
Para poder explicar esta posición de Habermas, señalaremos un breve párrafo de Ciencia y técnica como ideología (Habermas, op.cit., 1986, pág., 92)
“Las sociedades industriales avanzadas parecen aproximarse a un tipo de control del comportamiento dirigido más bien por estímulos externos que por normas. La reacción indirecta por estímulos condicionados ha aumentado sobre todo en los ámbitos de aparente libertad subjetiva (comportamiento electoral, consumo y tiempo libre). La signatura psicosocial de la época se caracteriza menos por la personalidad autoritaria que por la desestructuración del superego. Pero este incremento del comportamiento adaptativo es sólo el reverso de la continua erosión de la esfera de la interacción mediada lingüísticamente, bajo la presión de la estructura de la acción racional con respecto a fines a esto responde, subjetivamente, que la diferencia entre acción racional con respecto a fines e interacción no solamente desaparezca de la conciencia de las ciencias del hombre, sino también de la conciencia de los hombres mismos. La fuerza ideológica de la conciencia tecnocrática queda demostrada precisamente en el encubrimiento que produce de esa diferencia.”
Con esta cita podemos destacar dos aspectos señalados más arriba.
La interacción lingüística
El papel que otorga Habermas a la interacción lingüística, y el eje de contradicción que destaca en las sociedades industrializadas actuales, es decir, el control del comportamiento dirigido más bien por estímulos externos que por normas. Debemos observar, cómo también se produce cierta circularidad negativa (en terminología sistémica) en éste que constituye un argumento base de la réplica que articula contra Marcuse. Las normas, son prescripciones lingüísticas, verbales o escritas e interiorizadas por la acción reflexiva o adaptativa del hombre, en cambio, la acción respecto a fines puentea dicha reflexión apelando directamente al control de la conciencia, mediante un lenguaje no normativo, es decir, mediante la manipulación de las emociones, la reacción indirecta por estímulos condicionados. En ese sentido resulta contradictorio defender la formulación de normas y, a la vez, renegar del ejercicio de dominación histórico concreto que el hombre realiza de la naturaleza en el mismo momento en que elabora dichas prescripciones normativas. La prueba de que la norma cumple su misión no es cuando se formula sino cuando es ejercida y la interiorización de la norma no se produce cuando se comprende sino cuando se obedece, las suficientes veces, como para que permita ser adaptada la acción a dichas normas de manera regular y mayoritariamente. No hay normas ajenas a una determinada combinación de poder y la crítica de Habermas a Marcuse flojea al pretender desmontar la racionalidad de una técnica de la no-dominación, quizá más porque cae en sus mismos errores, que porque suponga una contraposición frontal infructuosa. La crítica de Habermas a Marcuse pone en tela de juicio las consecuencias prácticas de una dialéctica negativa. La oposición no construye una ideología del cambio, por el simple hecho de estar en dicha postura. Es una postura de resistencia, una postura incordiante, pero no una postura alternativa. La alternativa habermasiana no puede quedarse en cambiar normas, como no lo puede ser la marcusiana, de cambiar actitudes. Ambos pierden la perspectiva histórica concreta y la sustituyen por la reflexión filosófica, la intuición del devenir.
Negativismo filosófico.
A diferencia de Adorno, que sostiene junto con Horkheimer un pesimismo filosófico, el militantismo marcusiano pincha en el eje del problema, es decir, en el CÓMO. Hasta ahora venimos apuntando a la pérdida de identidad individual como una manifestación de las contradicciones del capitalismo tardío, y observamos que en el debate interno del movimiento ecologista se reflejan algunos problemas prácticos derivados de la ausencia de esa identidad social, hilvanada ésta, tanto la individual como la social, en el discurso de Bauman, mediante los procesos de globalización. Destacaremos que los procesos ideológicos que se disputa la práctica social son aquellos que, por un lado, recrean la situación actual del capitalismo como base de oportunidades, a partir de la cual observar nuevos comportamientos sociales. Por otro lado, los procesos ideológicos que destacan el aislamiento del sujeto y su falta de protagonismo para los cambios sociales. De ambos lados, hay detractores y no detractores del capitalismo, sin embargo, tienen en común la construcción de un discurso donde el esfuerzo mayor es analizar la ideología del sistema. La ideología como flujo etéreo de un constructor anónimo que rezuma, desde lo alto, toda la experiencia social. Falta, por tanto, y aquí sigo la inquietud de Foucault, una racionalidad concreta. Un esfuerzo por explicar lo que significa para los individuos concretos la experiencia concreta de la ideología dominante.
Entre las posibles salidas a las contradicciones culturales del capitalismo están, o la solución de D. Bell, señalando a la religión como restaurador del sentido vital, el disfrute y goce de los valores, respuesta no ajena a los procesos discursivos del islamismo radical, la religiosidad politizada de los judíos o la neo protestante del “eje del mal” de los norteamericanos.
Dialéctica Negativa.
La otra, es la que deviene de los procesos de una Dialéctica Negativa, es decir, la que se construye al calor del –NO-, la que expresa lo que no queremos, pero que agita conciencias y por tanto estimula la búsqueda de soluciones. En palabras de Marcuse: (Marcuse, Herbert: El final de la Utopía, 1968, pág. 142)
“La alternativa concreta es por el momento negación, pero en la negación misma se encuentra ya lo positivo. Permítanme aducir un ejemplo. Si tuviera que dar respuesta en América a la pregunta «¿qué queréis realmente poner en el lugar de la actual sociedad?», Yo contestaría: queremos una sociedad en la que no haya guerras coloniales, en la que no sea necesario recurrir a guerras coloniales, en la que no sea necesario levantar y sostener dictaduras fascistas, en la que no haya ciudadanos de segunda y de tercera clase. Todas esas formulaciones son negativas. Pero hace falta ser completamente tonto para no ver que en esa formulación negativa se encuentra ya lo positivo”
Pero, no basta con la conciencia de la negatividad, no se construye el cambio esperando a que ocurra. (Adorno, Theodor, Consignas, Buenos Aires, 1969) no hay garantías de la bondad del progreso. La decadencia en cuanto concepto opuesto al progreso, es decir, el concepto dialéctico necesario que da sentido al concepto de progreso; Adorno nos lo compara con el tabú sexual. El sexo, en cuanta libre expresión de la naturaleza, es retenido por el tabú, que representa la dominación de la naturaleza. También la decadencia es la negación del progreso, es por tanto la acción crítica del progreso. La dialéctica del progreso es la dialéctica que supera sus límites históricos, es la dirección ascendente del movimiento dialéctico. La decadencia es el movimiento descendente del mismo movimiento dialéctico. Por tanto, el progreso requiere de la fe, un fideísmo en un sólo sentido. La dialéctica advierte de las consecuencias lógicas del progreso, cuyo interior, contiene al progreso indiferenciado e irreflexivo.

