La relación internacional.
Según Hoffmann (Stanley H. Hoffmann, 1979, Tecnos, Teorías Contemporáneas sobre las Relaciones Internacionales, pág. 314) las teorías sobre la moral internacional tienden a agruparse en dos categorías. Los realistas que sostienen que las relaciones entre los Estados están regidas únicamente por el poder, y que la moral no juega en ellas ningún papel.
Y, la teoría contraria, que sostiene la existencia de una comunidad internacional, que puede aplicarse a individuos y Estados el mismo código moral.
Para el realismo político, la única ley que existe entre los estados es aquella misma ley que rige la relación entre los hombres, antes de la existencia del Leviathan y, por tanto, la necesidad de este lleva implícita la iniciativa de ordenar las relaciones internacionales desde un poder ajeno a la voluntad de los contendientes. Un Estado, más fuerte, y con capacidad de monopolizar el ejercicio de la fuerza, sobre todos los demás Estados. La autorregulación de Montesquieu supone que, los impulsos naturales de los hombres aspiran a acaparar todo el poder. El poder democrático, por contraposición al poder absoluto, radica precisamente, en la aplicación de criterios auto represivo, en el ajuste de la conducta conforme a normas autoimpuestas. La división de poderes tiene como finalidad la autorregulación, la mutua vigilancia. Y en ese sentido, tiene una especial importancia la atención que le presta a los asuntos exteriores, que también actúan como autorregulador de las decisiones unilaterales. De manera que la relación con los otros constituye parte esencial de la identidad del Estado.
La finalidad del realismo político es lograr la mayor seguridad, mediante la disponibilidad del armamento disuasorio más elocuente. (Waltz, Kenneth N.: Teoría de la Política Internacional. Grupo editor latinoamericano. Buenos Aires. 1988). El juego de alianzas más efectivo y el conocimiento de las motivaciones de los otros estados. La mayor claridad en el esquema de subordinación y predominancia, la mayor capacidad de intervención en la configuración del orden (normativo o no normativo) internacional.
La fragilidad estratégica del realismo político.
El realismo político, en cuanto pensamiento político dominante en las relaciones internacionales otorga al Estado un protagonismo que no es ajeno al propio proceso de pérdida de representatividad política de los modelos democráticos. Ejercido principalmente en el área institucional del poder ejecutivo, los procesos de toma de decisiones, así como la responsabilidad de la seguridad nacional ubica a dicho pensamiento político en las más puras exigencias del pragmatismo, esto es, ante la fiabilidad de la información como fuente de un juicio valorativo válido. Pero no son sólo los sistemas de información, sino el conjunto institucional que rodea la política exterior, en algunos el ejército, en otras las grandes corporaciones internacionales, en otros el afán de influencia ideológica comparte con las estrategias de pensamiento positivo, su confianza en los técnicos, en criterios asépticos de las ciencias sociales. Esto pone a los estados ante un sistema de elección racional. Tras los acontecimientos del 11 de septiembre, lo que en algunos casos fue una hipótesis, es decir, que el armamento atómico o de destrucción masiva pudiera ser manipulado por terroristas, puso sobre la mesa una clara dirección del proceso de reestructuración del esquema militar internacional. Los esquemas multipolares que se barajaban, se hicieron añicos, ya que la posibilidad de una colaboración militar para combatir la prueba más evidente de la aparición del enemigo chocó con los fundamentos básicos del nuevo esquema de colaboración propuesto. Es decir, si el enemigo era el terrorismo, ¿estamos ante un enemigo táctico o ante un enemigo estratégico? Estamos ante una nueva modalidad de guerra o ante una guerra sin definición. El principal objetivo táctico del terrorismo es haber conseguido la división entre el antiguo bloque de alianzas. La respuesta irregular de las naciones occidentales demuestra que el terrorismo, en cuanto arma política, tiene un cierto grado de eficacia. Pero el terrorismo ¿es sólo una modalidad de lucha o es una ideología en sí misma? De ese dilema mana la concepción reificadora del pensamiento político realista. El enemigo, sin rostro, es la cosa enemiga. No hay mejor enemigo que el enemigo muerto. Este es el discurso que mana de una concepción positiva, instrumental de la realidad política. ¿Dónde está la cientificidad, la seguridad racional de dichos criterios estratégicos? Para el pensamiento político realista, la tecnología disponible es la portadora de toda la racionalidad que necesita. En el análisis que ha realizado la administración Bush sobre “el enemigo”, así como el cuadro de alianzas que formó para la justificación del ataque sobre Irak, demuestra que “el enemigo” no necesita una infraestructura estatal para desenvolverse o llevar a cabo sus objetivos, sino que le basta con atacar en el lado más sensible a la potencia militar más grande del mundo para conseguir ser considerado “el enemigo” más importante de dicha potencia. En un mundo determinado por la globalización del único sistema económico capitalista, no da oportunidad a otra lectura, más ideologizada o sostenible para explicar la base última de las relaciones internacionales, porque la característica más importante de esta nueva escalada de tensión internacional es el papel que juega en las políticas de desarrollo el recurso estratégico del petróleo y derivados. El apoyo teórico que recibió la lectura del “enemigo” por parte de los comentaristas internacionales prueba la ausencia de una intención ideológica, es decir, de centrar la lucha contra el Islam o cualquiera de sus variantes, esto no es, por el momento, necesario. Pero lo que sí debemos aprender de estos acontecimientos, es la relación existente entre el control de los recursos naturales estratégicos y su capacidad de incidir sobre los conflictos políticos. Todos debemos reflexionar sobre la necesidad de un nuevo esquema de relaciones internacionales. En el esquema actual parece muy definido el área geoestratégica del conflicto, pero ¿podemos decir lo mismo si los conflictos quedan expandidos a otros recursos naturales de escasez previsible? Por ejemplo, el agua potable.
Esa relación depredadora con la naturaleza que contiene toda esa racionalidad instrumental justificadora del más sofisticado armamento es también la base del error de valoración sobre el conflicto y tiene consecuencias no sólo para identificar el Estado que más o menos colabora para combatir las organizaciones terroristas, sino el cálculo en términos de inteligencia y en términos de tiempo. La superioridad y la preparación tecnocientífica del sistema de defensa americano no les permiten encajar los errores de su propio sistema. Los porcentajes frecuencia de sus balances bélicos, no les permite ver la eficiencia cualitativa de la estrategia individual de sus enemigos. El papel del Estado, en este panorama previsible de relaciones y conflictos se asemeja al de un elefante en una tienda de objetos de cristal. Y esa es una impresión factible de ser compartida por una gran cantidad de personas.
